Su mano subió y elevó mi pecho derecho, pesándolo. Gimió al sentir mi teta grande que ni su mano pudo cubrir.
―¡Joder! ―exclamó y llevó los dedos hasta el pezón.
Gemí y temblé con fuerza cuando me pinzó la perla achocolatada y la tensión en mis senos se hizo palpable, derramándose sobre su mano, empapando sus dedos y palma.
―¡Qué mierda! ―prorrumpió asombrado, alzándose, dejando mi espalda y culo, al tiempo que me soltaba, para, un segundo después, girarme, sin dejar de acorralarme contra la en