El rugido del motor se apagó apenas giré la llave de contacto. Durante unos segundos permanecí sentado sobre la motocicleta, inmóvil, dejando que el silencio del garaje terminara de envolverme. Había sido un día largo. Audiencias interminables, clientes convencidos de tener siempre la razón y un expediente que, por más que intentaba apartarlo de mi cabeza, regresaba una y otra vez como una espina clavada bajo la piel.
Apoyé ambas manos sobre el manillar y dejé caer lentamente la cabeza hacia ade