—Le preparé café.
Jason sintió un ligero escalofrío.
El demonio soltó una carcajada.
—Empieza la tortura.
Jason respiró hondo antes de sonreír nuevamente.
—Gracias, Sarah.
La joven dejó la taza sobre el escritorio con una sonrisa que cualquiera habría interpretado como profesional.
Jason no.
Había aprendido hacía meses a reconocer el ligero rubor que aparecía en sus mejillas cada vez que cruzaban palabra.
Otro problema.
Uno completamente innecesario.
Porque no importaba cuánto insistiera.
Él jam