Era como si el aire alrededor de su pecho se hubiera vuelto más denso.
Como si una presencia invisible se hubiera detenido junto a ella, observándola desde una distancia imposible de medir. No era miedo exactamente; era una sensación más profunda, más antigua, una especie de advertencia silenciosa que recorría su piel y se instalaba en lo más profundo de sus huesos. Algo que no podía ver, ni escuchar, ni explicar, pero que su cuerpo parecía reconocer antes que su propia mente.
Virginia parpadeó.