La noche no fue tranquila.
No hubo pesadillas, pero tampoco descanso real. Leyla durmió en fragmentos, despertando cada cierto tiempo con la sensación de que algo la observaba desde dentro, no desde fuera. No era amenaza. Era presencia.
No podía sacar de su mente la sensación de ciertos labios, de ciertas carisias…
Se giró en la cama, observando el techo durante largos segundos. Su cuerpo estaba pesado, tibio, como si hubiera corrido kilómetros sin moverse. Cada músculo parecía consciente de sí