—Que frio hace —Murmuró Virgina Mason —o Gina, como la llamaban sus amigos— mientras frotaba sus manos sobre sus hombros cubiertos por su albornoz blanco
El silencio reinaba por cada rincón de la antigua casa estilo victoriano en la que habia vivido durante toda su vida, aun podía recordar la voz de su madre en la cocina desde que la habia perdido cuando apenas era una niña con once años y los gritos eufóricos de su padre a la televisión cada vez que ganaba su equipo deportivo favorito, habia