PUNTO DE VISTA DE JASON
El silencio fue lo más ruidoso que había escuchado jamás.
No era un silencio absoluto, por supuesto. En las catacumbas se oía el goteo del agua antigua, el roce de las botas contra la piedra, la respiración entrecortada de la joven Hermana aterrada, Elara. Pero el zumbido —esa vibración psíquica invasiva que se había filtrado en las piedras y en los huesos— había desaparecido. Su ausencia era un alivio físico, como cuando cesa un dolor de muelas con el que uno había aprendido a convivir.
Las siete piedras cantoras se habían convertido en polvo. Alistair y sus hombres las habían golpeado con martillos, y se rompieron con una facilidad sorprendente, como si fueran de cristal. Cada fractura había resonado con un grito agonizante que no era sonido, sino una punzada de frío en la mente. Cuando la última cayó, el aire de la cámara perdió esa sensación cargada y grasienta. Volvió a ser simplemente aire frío y húmedo.
Pero la victoria se sentía hueca. Y temporal.
Escol