POV DE KIRA
La libertad olía a polvo de piedra, a lluvia lejana y a la piel de Jason. Sus brazos alrededor de mí, en aquella celda, fueron un ancla: lo primero sólido que había sentido en días. Las palabras que murmuró —«Se acabó. Ella ya no está»— fueron un bálsamo sobre la herida abierta, furiosa, de la acusación. Pero el momento fue dolorosamente breve. El mundo, con sus cuernos, sus tambores y amenazas nuevas e innombrables, se nos vino encima casi de inmediato.
Caminamos uno al lado del otro por los corredores de la Ciudadela, ya no como amantes secretos ni como el Alfa y su compañera caída en desgracia, sino como algo nuevo, aún sin nombre. Socios en una guerra que acababa de cambiar de forma. Los guardias que cruzábamos no se inclinaban con lástima ni nos miraban con sospecha; se mantenían más erguidos, con una cautelosa reverencia recién nacida en los ojos. El Alfa me había liberado. Las pruebas estaban rotas. La historia estaba cambiando, y trataban de leer la nueva verdad en