La primavera de 2050 llegó con una explosión de color y vida que parecía bendecir cada rincón del bosque.
Lena había cumplido dos años, y su conexión con el mundo invisible se había vuelto más fuerte que nunca. Ya no solo veía figuras en los rincones; ahora conversaba con ellas, señalaba lugares, pedía confirmación a Erik sobre lo que sus ojos infantiles percibían.
—Mira —decía, señalando un claro entre los árboles—. El abuelo plantó algo ahí.
—¿Cómo lo sabes? —preguntaba Erik.
—Me lo dijo. El