El verano se desplegó como un lienzo infinito de luz.
Los días sin noche tenían algo de mágico y de agotador. El sol daba vueltas al cielo sin esconderse, y con él, la sensación de que el tiempo se estiraba hasta volverse elástico. Lena y yo habíamos aprendido a vivir con ese extraño ritmo: dormir cuando el cuerpo lo pedía, despertar cuando la luz entraba por las rendijas, comer a horas que cambiaban cada día.
Pero este verano era diferente. Este verano, el niño venía.
Kael había confirmado la