Cuando llegó a la sala principal, lo vio.
Adriano Ricciardi, el hermano mayor, un joven rubio, de ojos verdes esmeraldas, con lentes delgados. Él se acercó con calma, y cuando estuvo frente a Giorgio, puso su mano en su hombro. Su gesto era firme, pero sincero.
—Giorgio… —dijo con voz baja—. Sé que fue un accidente. No te guardo rencor. Ni yo, ni mi familia.
Giorgio lo miró con ojos vacíos, y tragó saliva. Quiso decir algo, pedir perdón, quiso llorar otra vez… Pero no pudo.
Ese chico solo