El baño estaba en silencio, roto solo por la respiración irregular de Fiorina.
Fiorina apoyó ambas manos temblorosas sobre el lavabo de mármol y alzó la mirada hacia el espejo. La imagen que le devolvió el reflejo la hizo tragar saliva.
El cabello castaño estaba revuelto, los labios rojizos, hinchados, los ojos verdes brillantes, abiertos de más. Su pecho subía y bajaba con rapidez, como si acabara de correr varios cientos de metros.
Tum~ Tum~
El corazón le golpeaba con fuerza.
—Maldición… —susurró, sin voz.
Se inclinó un poco más, acercándose al espejo, y con dedos nerviosos comenzó a acomodarse el cabello, a alisar la falda, a cerrar bien la chaqueta. El cuerpo le ardía, la piel seguía sensible donde él la había tocado, y eso la enfureció consigo misma.
"¡No puedo creer que haya permitido eso!"
Cerró los ojos con fuerza.
Respiró profundamente.
"Fue un malentendido."
Abrió los ojos otra vez, obligándose a creerlo.
"Su mirada… por un momento parecía que no estaba bien