El beso continuó, ardiente y exigente. Ella sintió su corazón latiendo desenfrenado, mientras su cuerpo, envuelto en ese traje de dos piezas color turquesa, comenzaba a delatar el desorden que se instalaba.
La falda parecía haber perdido la forma original; la chaqueta a medio abrir y su cabellera desbordada, esparcida sobre la mesa blanca, creaban un cuadro que contrastaba con la pulcritud habitual de aquella sala de trabajo.
Sus mejillas estaban rojas, el rubor ardía en su rostro, y las manos de ese hombre, firmes y decididas, subían la falda hasta la cintura con movimientos lentos, rozando sus muslos que a su vez lo rodeaban con una presión suave.
Ella se sintió... Inquieta. No era correcto hacer algo así, en ese lugar... ¡Y menos con su maldita jefe arrogante!, pero había algo en los ojos de él, en su expresión, en cómo la buscaba... que hacía que esa mujer sintiera que... no podía detenerlo, no quería.
La tela de la falda, dejó al descubierto la tanga de encaje turquesa que