El beso continuó, ardiente y exigente. Ella sintió su corazón latiendo desenfrenado, mientras su cuerpo, envuelto en ese traje de dos piezas color turquesa, comenzaba a delatar el desorden que se instalaba.
La falda parecía haber perdido la forma original; la chaqueta a medio abrir y su cabellera desbordada, esparcida sobre la mesa blanca, creaban un cuadro que contrastaba con la pulcritud habitual de aquella sala de trabajo.
Sus mejillas estaban rojas, el rubor ardía en su rostro, y las man