Giorgio estaba ahí, de pie, con el saco colgado despreocupadamente sobre el hombro, observándola con una calma que parecía querer respetar el momento, como si temiera interrumpirla.
—Ya no queda nadie —dijo el CEO, con voz baja y firme—. Solo seguridad. Tú, yo… y Donatella con un par de asistentes en el piso de diseño.
Fiorina sintió que el corazón le daba un vuelco y se llevó una mano al pecho, sin poder ocultar la sorpresa.
—Me asustaste —confesó, con un hilo de voz.
Él sonrió apenas, esa sonrisa que siempre la desconcertaba, mezcla de complicidad y misterio.
—Pensé que harías como Donatella —comentó, dando un paso al interior—. Pedirles a tus asistentes que se quedaran horas extras. Yo habría pagado sin problema.
Ella negó con firmeza, sin apartar la vista de la mesa donde reposaban bocetos y telas.
—No puedo ser tan cruel ni egoísta —respondió la mujer—. Ya trabajan demasiado y tienen sus vidas. Si no me alcanza el tiempo, es mi problema y me ocuparé sola de todo.
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