Giorgio estaba ahí, de pie, con el saco colgado despreocupadamente sobre el hombro, observándola con una calma que parecía querer respetar el momento, como si temiera interrumpirla.
—Ya no queda nadie —dijo el CEO, con voz baja y firme—. Solo seguridad. Tú, yo… y Donatella con un par de asistentes en el piso de diseño.
Fiorina sintió que el corazón le daba un vuelco y se llevó una mano al pecho, sin poder ocultar la sorpresa.
—Me asustaste —confesó, con un hilo de voz.
Él sonrió apenas,