El silencio que siguió al susurro de Giorgio se extendió un instante, en esa sala iluminada por la luz blanca que caía desde el techo.
La mujer sintió el calor del cuerpo de ese hombre pegado al suyo, su mano firme en la cadera que no la dejaba escapar, y su otro brazo apoyado en la mesa, cerca de su rostro, marcando territorio sin palabras. El roce era un hilo eléctrico que recorría cada centímetro de su piel, y pese a todo, ella pensó:
"No debería…"
Pero sus manos no obedecían.
Se aferra