Analía sintió como si hubiera dormido una eternidad, pero cuando despertó, se encontró atada a unas cadenas sobre un suelo de madera. Estaba tan cansada, dolorida y agotada que por un instante pensó en volver a cerrar los ojos y dejarse arrastrar por el sueño para siempre. Solo le bastó un segundo de consciencia para darse cuenta de lo más probable: habían perdido la guerra, y la idea de vivir en el resultado de esa derrota le resultaba insoportablemente dolorosa.
Se aferraba a la esperanza de