—¡Carajo! —grita Liam, golpeando la mesa de interrogación con ambos puños, haciendo que la madera cruja bajo la fuerza de su furia—. ¡Les he dicho mil veces que yo no tengo nada que ver con el secuestro! ¡Nada!
Su respiración es pesada, su rostro está cubierto de sudor y sus ojos, enrojecidos, reflejan una mezcla de impotencia, angustia y rabia. Lleva horas encerrado en esa habitación sin ventanas, bajo la luz blanca que no perdona, interrogado por hombres que no quieren escuchar, solo culpar