Los invitados murmuran, escandalizados. Algunos se levantan. Los padres de Amara intercambian miradas heladas. Cristóbal, está inmóvil, con los puños apretados, quema a Liam con la mirada.
Pero ella no ve a nadie más, solo a él. A Liam. Con su cabello despeinado, su camisa arrugada, su corazón en la mano. A ese hombre que nunca la obligó a nada, que la amó con torpeza pero sin cadenas.
El sacerdote, confundido, da un paso atrás. Nadie sabe qué hacer. Nadie se atreve a hablar.
–¡Amara, por fa