El rugido de la moto retumba en el asfalto mientras Liam acelera sin medir el riesgo. El viento le golpea el rostro como cuchilladas heladas, pero no reduce la velocidad; cada segundo cuenta. Su corazón late con una furia que amenaza con desgarrarle el pecho. La imagen de Kate cruzando la puerta de la cárcel, con esa sonrisa venenosa de victoria, lo persigue como un fantasma.
Cuando la mansión de Amara aparece al final del camino, con sus muros imponentes y las luces encendidas, Liam aprieta a