El trayecto hacia la casa de Astrid se convierte en algo más que un simple viaje nocturno, porque no es el camino lo que importa sino la expresión de su rostro, esa sonrisa que no se le borra, esa luz en los ojos que delata que, aunque no haya pasado nada que el mundo pueda llamar escándalo, aunque solo haya existido un beso breve, contenido, robado, ese instante fue suficiente para sacarla de la prisión emocional en la que vive desde hace años, suficiente para recordarle quién es, suficiente p