La semana transcurre con una lentitud insoportable, como si el tiempo hubiera decidido estirarse para que cada respiración de Carlos pese el doble y cada silencio dentro de la casa Laveau adquiera un eco definitivo, y cuando el médico pronuncia con voz grave que el deterioro es irreversible y que ya no se trata de prolongar sino de acompañar, Amara siente que algo dentro de su pecho se resquebraja con un sonido mudo que nadie más parece escuchar, aunque su cuerpo entero lo perciba como un golpe