Quince minutos después, Amara está sentada en la pequeña sala de estar, con una taza de té humeante entre las manos temblorosas. Sus ojos, vidriosos y cansados, no dejan de recorrer la habitación. La atmósfera pesa, cargada de silencios incómodos y pensamientos que golpean sin cesar.
Entonces la ve. Kate. No sabe por qué ha vuelto, ni qué pretende, pero ahí está, acercándose con esa sonrisa que no logra descifrar, esa sonrisa llena de falsas promesas y secretos enterrados. Kate se dirige a uno