Amara entreabre los labios, dispuesta a hablar, pero antes de que pueda pronunciar palabra, un médico de semblante serio se aproxima con rapidez. Sus facciones, endurecidas por el peso de incontables horas de trabajo, reflejan agotamiento. Pero sus ojos mantienen una compostura inquebrantable
—Buenas noches—Su voz es grave, pausada, como si cada palabra pesara más de lo que debería. Cierra con un gesto mecánico la carpeta que sostiene entre las manos y, al alzar la vista, su mirada se detiene