Amara no duerme. La noche se convierte en un campo de batalla silencioso. Camina de un lado a otro por el salón de su casa, los pies descalzos golpeando el mármol helado. Sus manos tiemblan al rozar los cristales de las ventanas, mientras observa la ciudad dormida allá afuera. Su mente no se detiene: frases, titulares, imágenes falsas circulan como cuchillos que no dejan de cortarla. Kate Fitzgerald. Ese nombre se repite en su cabeza como una letanía maldita.
Cada vez que cierra los ojos, vuel