El amanecer llega cargado de un aire espeso, como si la ciudad misma supiera que nada será sencillo para Amara en este día. La luz entra por las ventanas del dormitorio, atravesando las cortinas con una tibieza engañosa. Amara se pone de pie frente al espejo, ajusta su chaqueta oscura y recoge el cabello en un moño firme. Su reflejo le devuelve un rostro sereno, aunque sus manos tiemblan apenas perceptiblemente.
Liam entra en la habitación, impecable en un traje gris que resalta su porte recio,