Liam sabe perfectamente quién es el hombre que tiene frente a él incluso antes de quitarle la capucha, lo sabe por la forma en que sostiene la mirada aun sin mostrar el rostro, por la manera en que respira sin delatar miedo, por esa arrogancia que no se aprende sino que se hereda cuando uno ha pasado la vida creyéndose intocable, y precisamente por eso entiende que no puede dispararle, que no puede permitir que la sangre corra en el estacionamiento de su propia casa, porque aunque Amara diga od