Las golpizas persistentes de Liam contra la puerta son el sonido de su desesperación, un eco que reverbera a través de la casa, clamando por atención, por una respuesta. Cada golpe es más fuerte que el anterior, como si su cuerpo quisiera romper no solo la puerta, sino también la barrera invisible que Amara ha erigido entre ellos.
–Amara, por favor… no me iré hasta que hablemos –murmura con voz quebrada, un susurro de dolor que solo él puede escuchar. El sonido de su propia súplica lo desarma