Los ojos de Amara, oscuros y ardientes, se encuentran con los de su padre por un instante fugaz, pero suficiente para que una ráfaga de emociones cruce entre ellos. Dolor, orgullo herido yhrabia.
Carlos suspira, pero su expresión se mantiene impenetrable.
–Si continúas con este compromiso, estarás dejándote humillar, demostrando que eres un plato de segunda mesa, un poco cosa– Su voz es baja, pausada, pero cada palabra pesa como una losa. –Y yo no te he criado para eso.
–¿Ah, sí? –escupe