Kate, sin mover un solo músculo, lo mira fijamente. No hay miedo en su mirada, ni remordimiento. Solo una frialdad que le hace sentir como si la estuviera mirando a través de un cristal. Ella da un sorbo a su té, dejando que el silencio se alargue entre ellos, como si todo el peso de la conversación tuviera que ser soportado por él.
Kate no se inmuta. No tiene necesidad de justificar sus acciones, porque, para ella, no hay nada que perdonar. –No hice nada malo –responde finalmente, con un ma