–No me gusta –dice Sophie sin rodeos, cruzándose de brazos frente a él, clavándole una mirada que no admite evasivas, como si cada segundo de silencio fuera una concesión peligrosa. – No me gusta nada.
Liam levanta la mirada con una lentitud que delata incomodidad, pero no culpa, porque lo que hay en sus ojos no es arrepentimiento sino una resistencia contenida, una tensión que ha ido creciendo en los últimos días hasta volverse casi insoportable, como si cada palabra que ha callado ahora estuv