Amara alza el rostro lentamente, pero no dice nada. Su expresión es indescifrable, como si la sombra del agotamiento la hubiera convertido en una estatua de hielo.
Úrsula avanza un paso. –No puedo creer que tengas el corazón tan pequeño –escupe las palabras con una mezcla de indignación y decepción. Se toma un segundo para mirarla de arriba abajo, como si la examinara, como si buscara en ella algún vestigio de humanidad. Pero no lo encuentra.
Amara la mira, sorprendida por la crudeza de