La oscuridad se tragó el estudio por completo. No podía ver absolutamente nada.
Durante un segundo agudo y sofocante, nadie se movió.
La transición de aquella acalorada discusión sobre mi pasado a un silencio absoluto y boca de lobo fue tan aterradora que sentí como si el aire hubiera sido succionado físicamente de la habitación.
A lo lejos, el distante crujido metálico de las enormes puertas industriales continuaba abriéndose.
Mi mano permanecía congelada contra la tela rígida y costosa de la