El silencio dentro de la biblioteca se prolongó tanto que podía oír el tic-tac del reloj.
—Vienne —dijo Silas. Su voz no era alta, pero llevaba ese peso aterrador que me hizo congelar—. ¿De qué llave está hablando? ¿Qué té?
No podía mirarlo a los ojos. Mis dedos aún temblaban dentro de mi bolsillo, presionados contra los bordes afilados de metal de la llave.
—Silas, yo...
—Ella no te lo dirá, Silas —interrumpió Evelyn con fluidez. Comenzó a bajar por las escaleras de caracol, viniendo directame