El interior de cuero del auto de Silas olía ligeramente a cedro, a perfume caro y a lluvia de invierno.Me senté con rigidez contra el asiento, con el recuerdo de mi contrato firmado aún ardiendo en mi mente. Ni Silas ni su chofer habían hablado desde que dejamos el rascacielos corporativo. Las luces de la ciudad pasaban borrosas por mi ventana, un cruel recordatorio de que el mundo seguía girando con normalidad, completamente ajeno a que mi vida entera acababa de ser vendida por una pila de papeles de deuda.Cada pocos segundos, mis ojos se desviaban hacia el reflejo del vidrio oscuro para mirarlo. Silas se sentaba perfectamente erguido en la penumbra, con su mandíbula afilada rígida y sus largos dedos descansando con calma sobre su teléfono, luciendo como si estuviera comprando a otro ser humano. Parecía totalmente imperturbable por lo que acababa de ocurrir en aquella oficina.—Si sigues mirándome así, esposita, podrías empezar a enamorarte de mí —dijo en voz baja, sin siquiera gir
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