Ares golpeó fuertemente el volante, tanto que el auto se movió. Estaba furioso, parecía un demonio. Sus ojos se habían vuelto rojos; la ira se había apoderado de su ser. Las venas marcadas en su cuello solo querían una cosa: tomarla entre sus manos y apretarla hasta dejarla sin oxígeno, hasta que no pudiera abrir la maldita boca ni pronunciar cualquiera de las estupideces que había dicho.
¿Cómo se le ocurría tocar su punto débil? ¿Cómo se atrevía siquiera a insinuar que él había permitido que l