Agnes sintió que las palabras de Nicolás caían sobre ella como una sentencia irrevocable. No hubo gritos ni reproches, tampoco dramatismo innecesario; fue precisamente esa calma la que terminó por devastarla. Solo hasta ese momento alcanzó a comprender el verdadero peso de sus decisiones. Durante días se había sentido miserable por el trato distante de su marido, por la frialdad con la que Ares había comenzado a mirarla, pero ahora la realidad la golpeaba con una fuerza brutal: él había pasado