Nicolás siempre había sabido quién era dentro del hospital.
No por ego —o no solamente—, sino porque la reacción de los demás se lo recordaba a diario. Bastaba con que cruzara el lobby con la bata abierta y el estetoscopio colgando del cuello para que las miradas se desviaran hacia él casi por reflejo. Alto, de músculos firmes, hombros anchos y porte seguro, Nicolás Medrano medía casi un metro noventa y tenía la clase de presencia que era imposible de ignorar. Su cabello negro, siempre impecabl