Tan pronto como el celular cayó de sus manos, las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos yendo en el asiento trasero del auto.
— ¡Detente, detente! —Ordenó Salomé.
— ¿Qué, señora?
— ¡Te digo que te detengas!
A media carretera el auto se detuvo dejando a Salomé salir en menos de dos segundos. El corazón le dolía por cada palpitar, las lágrimas corrían por sus mejillas de manera dolorosa, llevándose una mano al pecho fue como Salomé pensó que podía soportar el dolor que estaba sintiend