Con una gran sonrisa en el rostro y la misma que solo puede ser como el aviso que está a punto de notificar que el mal viene, Humberto entró en el despacho de Gertrudis como la única persona que tenía el permiso de hacerlo. El tiempo no pasaba en vano y él estaba a punto de hacerle saber a Gertrudis que todo estaba listo, solo para recibir órdenes.
— ¿Qué es lo que quieres ahora, Humberto?
—Como se lo prometí, señora mía. Todo está hecho.
— ¿Ya tienen en sus manos al abogado del hom