Vincent.
¿Quién en su sano juicio dormiría con una puta diosa perfecta, hermosa y desnuda?
Nadie.
Por eso opté por fingir que dormía. Era la única manera de que su despertar no fuera más incómodo de lo que ya iba a ser. Tuve que contenerme para no soltar una carcajada cuando empezó a moverse con ese cuidado ridículo, como si intentara escapar de un campo minado. Esa pequeña Taz era tan condenadamente adorable.
Pero, al igual que ella, yo también necesitaba reorganizar el puto huracán que tenía