De repente sentí ganas de llorar o de golpearlo. Estaba cansada de intentar acercarme y que él retrocediera.
Cansada de que me confundiera. Minutos atrás me miraba como si fuera indispensable y al siguiente actuaba como si sentir algo por mí fuera una maldita enfermedad.
Tragué saliva porque las emociones me estaban ahogando.
—¿Sabes qué? Vete a la mierda.
Vincent levantó la mirada hacia mí.
—No voy a preocuparme más por ti, maldito súcubo. Ni por lo que piense Serena, Blackwood o cualquier otr