Estaba en otro mundo, completamente ajeno al mío. Incluso el profesor me preguntó si me sentía bien. Me disculpé, no una sino muchas veces por no ponerle atención. Intenté enfocarme, pero era inútil. Todo era culpa de ese maldito súcubo que ocupaba mi cabeza.
Y él jugando a que yo era invisible.
Él tenía la disculpa perfecta para no ir a eventos: su brazo lastimado. Pero lo irónico era que yo sí quería ir… porque de esa manera podía tenerlo cerca. Aunque él fingiera que no existía.
Necesitaba