Intenté pasar de largo. Su mano se cerró suavemente alrededor de mi muñeca.
—No —dijo más bajo, casi peligroso—. No te vas sola.
Mi corazón hizo algo estúpido dentro del pecho.
—Suéltame.
Se inclinó apenas hacia mí.
—¿Qué carajos te pasa? ¿Por qué de repente te quieres ir? ¿Te sientes mal?
—¡Qué te importa! —exclamé.
Frunció el ceño, genuinamente confundido.
—¿Son tus hormonas, verdad?
Ni siquiera yo entendía por qué estaba tan enojada. Lo asesiné con la mirada y empecé a caminar por el pasillo