**NATALY**
El beso no fue una caricia; fue una colisión de voluntades.
Gabriele se apoderó de mi boca con una urgencia salvaje que me borró el aliento de golpe. Sus labios, calientes y rudos, sabían a vino tinto y a una posesión tan absoluta que me hizo flaquear las rodillas. Quise empujarlo, lo juré en mis adentros, pero mis dedos se enredaron en las solapas de su esmoquin, buscando un anclaje en mitad del abismo que se abría bajo mis pies.
Un gemido ahogado se me escapó de la garganta, y él l