GABRIEL
El juzgado central de Milán estaba flanqueado por decenas de periodistas y fotógrafos.
Nataly caminaba a mi lado, impecable en su vestido negro, con la barbilla levantada y los labios pintados de un rojo carmesí que tapaba las mordeduras de la noche anterior. En el pasillo principal del tribunal, Stefano Castiglione y Bianca nos esperaban junto a sus abogados con sonrisas triunfantes.
—Llegan justo a tiempo para la ruina, Gabriel —provocó Bianca, ajustándose las gafas de sol—. El juez t