**GABRIEL**
—Suéltame, Valtieri —consiguió articular. Su voz era un hilo rasposo, desprovisto de la fuerza habitual, pero cargado del veneno de siempre.
Intentó empujarme, pero sus manos apenas se apoyaron con torpeza contra mis hombros. La debilidad de la fiebre aún le pesaba en los músculos, a pesar de la terquedad que le brillaba en las pupilas. No me moví. Me quedé estático, saboreando la fricción de sus muslos contra los míos bajo la sábana. La intimidad forzada de la noche no se había dis