NATALY
El calor de su mano rozando mi cadera por debajo de la mesa de caoba era una provocación directa. Gabriel jugaba a ser el esposo protector frente a los fotógrafos, pero sus dedos me apretaban con la misma fijeza posesiva con la que me había tomado en el tocador.
—Quita la mano de ahí, Valtieri —siseé entre dientes, manteniendo una sonrisa de hielo para los miembros del consejo de Milán.
—Ni lo sueñes, signora —murmuró Gabriel en mi oído, con esa voz baja y áspera que me erizaba la nuca—.