NATALY
El choque de frascos de cristal contra la madera del tocador fue el único aviso antes de que el aire se nos volviera veneno puro.
Su mano subía por mi muslo como una marca de hierro candente, arrugando la seda esmeralda sin el menor respeto por el evento de Milán. Gabriel me apretaba contra el borde del mueble, hundiéndose en mi boca con una voracidad que me hacía perder el piso. Sentía la rigidez de su cuerpo contra mi vientre, esa provocación bruta que me quemaba la piel y me anulaba e