Bienvenida, Srta. Barker.
La madrugada sucumbía al amanecer y Ellis continuaba sentada en la puerta de casa esperando por un milagro. Un milagro sería que su hermano girara la esquina y viniera caminando muy despacio en su dirección ya con los hombros encogidos por saber que el sermón de Ellis Barker vendría sobre responsabilidad y horario. Ellis dejaba que las lágrimas se escurrieran mientras su mente mostraba aquella escena rutinaria de los hermanos.
Entonces la joven de cabello castaño se limpió la cara y se levantó.