CASSANDRA
—No metas a mi bebé en esto, maldita sea —escupí, con los ojos ardiendo de rabia.
Una sonrisa sombría se extendió por su rostro. —Para alguien en cautiverio, no has aprendido a refrenar tu lengua.
Se inclinó más, nuestros rostros estaban ahora a centímetros de distancia, y temí que nuestros labios pudieran rozarse si no hacía algo.
Tragué saliva, intentando retroceder, pero me sujetó por la barbilla. —Me encanta —murmuró, sonriendo con picardía—. Me encanta cuando hablas con tanta aut